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Antrocasualimorfización


Desearía hacer de este espacio un manifiesto, llenar el vacío de lo inesperado en unos minutos y cantar por lo que vendrá. Como no sé esperar ni proclamar mi único y sincero silencio de resistencia como debo, dejaré aquello del manifiesto, la breve pretensión de una serie de lineamientos grises, para concentrarme en unas cuantas divergencias acerca de la casualidad de una compañía. Más que líneas, quiero trazar curvas que se muevan como ondas hasta donde se espere llegar. Quiero jugar a dar vueltas recostado en ondulaciones vagas, porque mi aspiración más sincera nunca ha sido hacer del chapuzón en la vida un recto trasegar. Jamás se espere de mí un punto estático, sólo en la abrupta rasgadura curva se me podrá encontrar. Allá estaré, por ese cielo nos hemos de cruzar.

La vez pasada nos encontramos, ¿recuerda?. Piense usted que hay quienes hablan de 11 dimensiones: espacio, tiempo y otras cuantas más que cumplen la noble labor de atajar la gravedad. Cuerdas, le llaman en la física que le atrae. Existe la posibilidad de que una curvatura en estas dimensiones nos lleve un día a percibir cada una en un su tono particular, con una explosión de sonidos e imágenes que pasarían en frente de hasta los más recalcitrantes escépticos. ¿A qué sabrá una dimensión? Quiero ordenar una para mi próximo cumpleaños, porque la última que me llegó el año pasado con sabor a tiempo me dejó hastiado. Se me antoja hacer viajes al futuro y plagar de paradojas a los que conocemos, cual Donnie Darko en su Mad World.

Y regreso a este pedazo de caos, ¿cómo es posible la casualidad del encuentro? Cada que nos plegamos en coincidir se me hace que estamos a punto de desequilibrar la sincronía obtusa de los que piensan en dos dimensiones. Y no puedo menos que pensar en otra película recomendada, The Enemy (2013). En ese mundo, entre El hombre duplicado de Saramago y el inmenso número de imágenes acopladas en el cine, suena la ironía de encontrar alguien idéntico viviendo una vida similar. Ya nos ha pasado varias veces. No es un secreto que entre nosotros hemos hecho el pacto, más allá del de no agresión y cese de hostilidades, de asimilar con calma cada nuevo encuentro, coincidencia o casualidad. Curioso aprendizaje nos hemos esforzado en esbozar, reírnos cada vez que ocurre, aceptar el influjo de la vida y dejar de pedir explicaciones. Y como hoy se me dio el privilegio de recordar películas, ojalá un monstruo nos esté visitando (A monster calls), mostrándonos que la verdad también merece reírse, hasta aplastar cada envase que nos pretenda encasillar. Eso sí, la discusión de quién es la copia original sigue vigente, que no se nos embolate.

Yo quisiera hablarle de viajes al futuro, de lo extraño de pensar en visitar a Foucault en calzoncillos, o de la libertad propagada en las manos de los que nos siguen y que podrán desmaterializar viejas formas de pensar, o morirse en nuestra contaminación. Aunque aspiro a vivirlo, presiento que las manecillas se dibujan en mi contra, van al revés. Pero puedo decirle de aquellos que emprenden todo tipo de viajes – sí, esos también –, que nunca regresan siendo lo que eran antes de zarpar. Y antes de que me deje llevar por las comunes metáforas marinas, quiero que sepa que tampoco de eso sé mucho, porque me marea el proceso. La soledad ataca de vez en cuando, se llama repleto de lágrimas a casa por pura y simple costumbre a lo que se dejó atrás. La gente que va rodeando la propia carne es curiosa, quiere saber todo acerca de lo que uno mismo no reconoce ser del todo. Hay quien dice que a todos nos toca ser un día en la vida extranjeros, güevas (extranjero en idioma muisca); lo dice con ironía, sobre todo en tiempos de inmigrantes: “Lleva incertidumbre y la risa postergada, lleva un libro, eso es bastante dice el inmigrante” (León Gieco). Ojalá no sea tan güeva y se encuentre con gente que le abrace y le haga sentir el calor humano en medio de tanto frío.

 No hay muchas recomendaciones que pueda hacerle, recuerde usted que no es esto un manifiesto a las güevas. Ojalá hable por montones, disfrute de los cambios culturales y de los deslices idiomáticos, conozca los lugares que le hagan respirar un Wow y extrañe escribiendo cuando deba hacerlo. Jamás calle ante lo que le importa, no renuncie a combatir la injusticia y la diplomacia política del populismo; no deje que la memoria arrase la vida, como el día en que el genocidio atacó los vientres indígenas de Canadá.  Ya se tendrá que acordar de su origen, así que por eso no abogaré hoy. Claro está, preciso un reporte exhaustivo del poder del calzón en esa arqueología de hojas rojas. Avise cuando alcance otra dimensión, para ver cómo se le hace para llegar por esos lados.

Por la bizarra (valiente, según el correcto uso del término) casualidad de la historia compartida espero encontrarle un día, sin importar fechas o asfixias cotidianas. Puede parecer extraño, pero no dude usted en revivir estas letras cuando requiera compañía, que de seguro las pronunciaré sin darme cuenta mientras pasa sus ojos por ellas. Y ríase un rato, los melancólico-nostálgicos se pierden de mucho de lo que van viviendo. Por acá andaré siempre que necesite o requiera, sobre todo en tiempos de once dimensiones y preguntas acumuladas. Buen viaje y buena fuerza, ya que me es ajeno decir ‘buena mar’. Pero hagamos que rime, a modo de híbrido con Antonio Machado: buen viaje y buen camino al andar.

Ha sido demasiada formalidad en un solo sitio, pero básicamente quiero decir: se le quiere, me hará mucha falta y espero verle más temprano que tarde en nuestra casualidad humana.

Un y mil abrazos.

Tarea: https://www.youtube.com/watch?v=1QbnZ-QE23I


Bogotá D.C., 13 de Febrero de 2017.

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