Tengo
miedo, no paro de vomitar. Ayer en la noche subió una bocanada amarilla de
bilis a mi garganta, chupaba y derramaba la leche de mi madre. Estaba sentado
al lado del capitán, conversándole del asedio de los colonos gringos, cuando
divisé el culo de mi compañero en salvaje diarrea. El tipo, en medio del dengue
café, rezaba por su alma mirando al cielo. La impresión llevó todo mi almuerzo
– frijoles, arroz y papa – hacia afuera. El descontrol
fue bravo.
Me siento
enfermo, pálido y sin ganas de levantarme. No paro de vomitar, es odioso. En la
mañana el capitán organizaba su habitual saludo a la bandera de la república,
una tradición poco útil en la montaña. Me llamó a mí, en reconocimiento por el
bandido caído en campaña, a desdoblar el manto y a elevar el honor de compartir
su misma tierra: ‘Caballeros, firmes, saludamos con solemnidad la patria de los
grandes hombres que…’. ¿Cuál será la pena para un reformador orgánico de los
símbolos patrios? Para hacerse odiar o amar de los suyos, no hace falta más que
mojar de amarillo sus entrañas históricas.
Dos meses
vomitando matarían a cualquier otro criado en la ciudad, es verdad, pero a mí me
entrenaron con leche materna para afrontar la milicia. Lo de ayer y lo de esta mañana no ha sido lo
único, he extendido mis líquidos a más de uno, desde mis altos mandos públicos hasta
las viejas rezanderas de la legión de María. El soldado no es un hombre de
silencios, vive de la metralla, de la victoria y de la carne hueca, porque
resuena por dentro. Yo resueno en amarillo, y de eso todos se han enterado.
He notado a
más de uno interesado en mi desagradable enfermedad. No sólo los médicos andan
extasiados con alguien vivo en estos niveles de deshidratación, también los
otros enterrados me han mostrado su admiración. La náusea sube por entre el
colon hasta la entrada de la garganta, con la única intención de minar lo
adorado. Todos creen que es inducido, que vivo desnudo porque me gusta
derramarme sin manchar cuerpo, por pura desobediencia al orden. Todos mis
objetivos representan algo grande. No entiendo cómo puede uno ser
revolucionario por enfermedad. Estoy desnudo, el ayer puede parecer en el frío un mes
y la mañana una réplica.
Dos meses
han sido suficientes para instaurar otro orden. Cual becerros sin ubre, me han
sentado en este balcón dorado mis fieles degradados. No hay patria, no hay Dios,
no hay rey, todos ellos fueron arrasados por mi fluido. Me miro en el espejo,
detrás de mí toda una masa de desnudos listos para el lente de algún Spencer
Tunick, mis alborotados dioses. No miro a otro más que a mí, lo que queda de mi
transparencia. Ojos cansados, negros, piel cuidadosamente cortada, pedazos de
cabello en mi boca, así me veo. Doy asco. Mi cuerpo da asco. Incluso, creo
haber pasado a la historia por el asco. Esa desgracia está atascada en mi
garganta. El agua turbia surgió desde abajo, llena de coágulos de sangre. Me va
a llevar, estoy seguro, mi gárgara está devolviéndose por dentro en el espejo.
El amarillo en mis venas no miente, he vomitado por entre la carne.

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