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Lo que me quedó y usted


           
   Esta vez fue distinto, la vida que se me despertó murió en mi contra. Cuando tuve que devolverme a arrancar el sobrante de piel que colgaba de mi cara, con pretensiones de distancia, obligué mi paso, no por inseguridad, sino por convicción. Usted estaba.
                Cómo explicarles a las personas que no hay más en mí que lo que me ha dejado un largo periodo de excitación colectiva, una danza de alabanzas interiores que destrozaron la cotidianidad y me arrojaron al pesado camino de ser “yo mismo”, a pesar de todo. Quisiera expresarles que agradezco su cercanía, pero que no me son suficientes. Decirles, de una vez por todas, que su felicidad se hace un atasco en mi garganta cuando no me parezco a ellos, cuando disimulo que me agrada la profunda vida que amo. Mirarlos a los ojos y clavarme un trozo de miseria en el corazón, alborotar su perfecta sincronía de cariño, eso quisiera. Sigo allí, en un proyecto que creo es intrínseco a mí. No lo entiendo, he olvidado cómo empecé. Es cierto, un día me comprometí a cambiar, a establecer la diferencia en un mundo contrarios, a acabar lo que a nadie importaba, a tomar de la mano mis vidas y levantarlas desde eso que nadie veía. Y mi sonrisa, allí estaba, anunciándome que debía continuar, conocer la gente adecuada, ir en contra para formar parte del asco socializado. Sigo sin entenderlo. Estoy acá, y pienso en mi vida, en todo lo que un día tuve que pasar para llegar a esto, a este acá, la época de la responsabilidad, del hacerse notorio.
                Volvía, hablaban mis palabras de moralismos que ni yo cargaba. Volvía, volvía como siempre, con un sinsabor en la fe. ¡‘Bravo, ahora tienes espiritualidad, la desperdicias elevándola a su término ulterior; felicidades, has llegado a la meta, justo en frente del muro del inicio del barranco; adelante, estás en tu mejor momento ¿qué ocurre, no lo querías?! Ayer lo comprendí, encontré un vació enorme en una forma, una sinrazón que agrada, un calor en las vertebras que enuncia una alegría enferma. Ayer, en fin, entendí: “los rayos del sol no están hechos para personas como yo”, me lo repetí tres veces para estar seguro de que no era un simulacro de liberación, y sí, no lo era. Estoy seguro de que a pesar de ayer sigo sin entenderlo. Nadie me empuja a continuar, pero es necesario hacerlo; por lo menos, para no perder lo que nunca me ha pertenecido, la vida de la masa danzante. Me atan en el fondo. 

               Podría seguir fingiendo mil veces una vida y nunca hacer más que tantear una visión desenfocada. 
Ir de un lado al otro es el destino de cualquiera sin metas propias; ir sin destino, eso es un fin en sí mismo. Esto no es una continuación, es mi despedida. He de cruzar el alambrado de la frontera que nos separa. Sigo agradeciendo los ideales que sembraron en mí, quizás los extienda cuando usted y yo comprendamos. Por ahora, y por un buen rato, hasta pronto. ¿Mañana? Lo pude suponer, no es tan indiferente a mí, volví, usted no estaba ya. Todos danzaban, pero usted seguía pasmada ante el amor. ¿No volvió a ser igual, verdad? Aquello de la parte en el todo reclama la convicción de que no es usted un inseguro de sus creencias ¿tal vez, a veces, cierto? No la juzgo, yo tampoco juzgué lo que fui hasta pasado mañana, todos volvieron en su mirada. ¿Los reflectores en la noche cansan, está seguro de que no? No es esto una invitación, es la muerte en su contra exprimiéndole los segundos. 


Es usted muy feliz. Saldré a pasear, ¿viene conmigo?


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