Desearía hacer de este espacio un manifiesto, llenar el vacío de lo inesperado en unos minutos y cantar por lo que vendrá. Como no sé esperar ni proclamar mi único y sincero silencio de resistencia como debo, dejaré aquello del manifiesto, la breve pretensión de una serie de lineamientos grises, para concentrarme en unas cuantas divergencias acerca de la casualidad de una compañía. Más que líneas, quiero trazar curvas que se muevan como ondas hasta donde se espere llegar. Quiero jugar a dar vueltas recostado en ondulaciones vagas, porque mi aspiración más sincera nunca ha sido hacer del chapuzón en la vida un recto trasegar. Jamás se espere de mí un punto estático, sólo en la abrupta rasgadura curva se me podrá encontrar. Allá estaré, por ese cielo nos hemos de cruzar. La vez pasada nos encontramos, ¿recuerda?. Piense usted que hay quienes hablan de 11 dimensiones: espacio, tiempo y otras cuantas más que cumplen la noble labor de atajar la gravedad. Cuerdas, le llaman en la física...
Tengo miedo, no paro de vomitar. Ayer en la noche subió una bocanada amarilla de bilis a mi garganta, chupaba y derramaba la leche de mi madre. Estaba sentado al lado del capitán, conversándole del asedio de los colonos gringos, cuando divisé el culo de mi compañero en salvaje diarrea. El tipo, en medio del dengue café, rezaba por su alma mirando al cielo. La impresión llevó todo mi almuerzo – frijoles, arroz y papa – hacia afuera. El descontrol fue bravo. Me siento enfermo, pálido y sin ganas de levantarme. No paro de vomitar, es odioso. En la mañana el capitán organizaba su habitual saludo a la bandera de la república, una tradición poco útil en la montaña. Me llamó a mí, en reconocimiento por el bandido caído en campaña, a desdoblar el manto y a elevar el honor de compartir su misma tierra: ‘Caballeros, firmes, saludamos con solemnidad la patria de los grandes hombres que…’. ¿Cuál será la pena para un reformador orgánico de los símbolos patrios? Para hacerse odiar o amar ...