Esta vez fue distinto, la vida que se me despertó murió en mi contra. Cuando tuve que devolverme a arrancar el sobrante de piel que colgaba de mi cara, con pretensiones de distancia, obligué mi paso, no por inseguridad, sino por convicción. Usted estaba. Cómo explicarles a las personas que no hay más en mí que lo que me ha dejado un largo periodo de excitación colectiva, una danza de alabanzas interiores que destrozaron la cotidianidad y me arrojaron al pesado camino de ser “yo mismo”, a pesar de todo. Quisiera expresarles que agradezco su cercanía, pero que no me son suficientes. Decirles, de una vez por todas, que su felicidad se hace un atasco en mi garganta cuando no me parezco a ellos, cuando disimulo que me agrada la profunda vida que amo. Mirarlos a los ojos y clavarme un trozo de miseria en el corazón, alborotar su pe...